𝐑𝐄𝐅𝐋𝐄𝐗𝐈𝐎́𝐍 𝐏𝐀𝐑𝐀 𝐋𝐀 𝐍𝐎𝐂𝐇𝐄 𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐏𝐞𝐫𝐝𝐨́𝐧 𝐐𝐮𝐞𝐝𝐨́ 𝐏𝐞𝐧𝐝𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞
𝐑𝐄𝐅𝐋𝐄𝐗𝐈𝐎́𝐍 𝐏𝐀𝐑𝐀 𝐋𝐀 𝐍𝐎𝐂𝐇𝐄
𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐏𝐞𝐫𝐝𝐨́𝐧 𝐐𝐮𝐞𝐝𝐨́ 𝐏𝐞𝐧𝐝𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞
𝐈𝐍𝐓𝐑𝐎
Hay heridas que duelen porque alguien nos lastimó. Pero existen otras que pesan por una razón distinta: nosotros fuimos quienes lastimamos.
Tal vez pasó mucho tiempo. Quizá nunca pediste perdón. Seguiste adelante, pero aquella conversación quedó pendiente.
Esta noche no se trata de castigarte por el pasado. Se trata de preguntarte con valentía: ¿hay alguien que todavía merece escuchar de mí un “perdóname”?
𝐃𝐄𝐒𝐀𝐑𝐑𝐎𝐋𝐋𝐎
Reconocer que herimos a alguien cuesta. Nuestro orgullo tiene una habilidad sorprendente: siempre encuentra un buen abogado para defendernos.
“Yo también estaba herido.”
“Me provocó.”
“No fue para tanto.”
“Eso ocurrió hace años.”
Pero el Evangelio no nos invita solamente a reconocer las heridas que recibimos. También nos enseña a mirar aquellas que provocamos.
Jesús dice:
“Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda allí… ve primero a reconciliarte con tu hermano.”
Mateo 5,23-24.
Observa algo importante. Jesús no dice: “Si tú estás enojado con alguien”.
Dice que recuerdes si tu hermano tiene algo contra ti.
Es decir, también existe una responsabilidad espiritual sobre el dolor que dejamos en los demás.
Quizá aquella persona ya continuó con su vida. Tal vez aparentemente olvidó lo sucedido. Pero eso no significa que tú debas ignorar lo que hiciste.
Pedir perdón no cambia el pasado. Pero puede cambiar la manera en que el pasado vive dentro de nosotros.
Y pedir perdón verdaderamente significa evitar frases como:
“Perdóname si te sentiste mal.”
Eso no reconoce la herida.
Es diferente decir:
“Sé que lo que hice te lastimó. No tengo excusas. Perdóname.”
Ahí comienza la humildad.
San Pablo aconseja:
“En cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos.”
Romanos 12,18.
Fíjate en esas palabras: “en cuanto dependa de ustedes”.
No puedes obligar a alguien a perdonarte. Tampoco puedes exigir que vuelva a confiar inmediatamente.
Pedir perdón no significa que todo regresará a ser como antes.
Significa hacer lo que depende de ti.
Quizá recibirás un abrazo.
Quizá escucharás: “Necesito tiempo”.
Incluso puede ocurrir que no recibas respuesta.
Pero cuando reconoces sinceramente tu falta, reparas lo posible y entregas lo demás a Dios, comienzas a caminar de otra manera.
Porque la reconciliación necesita dos corazones.
Pero el arrepentimiento puede comenzar con uno.
𝐂𝐈𝐄𝐑𝐑𝐄
Esta noche, antes de dormir, revisa tu historia sin miedo.
No preguntes solamente:
“¿Quién me lastimó?”
Atrévete también a preguntar:
“¿A quién lastimé yo?”
Puede existir un mensaje que nunca enviaste.
Una llamada que llevas años posponiendo.
Un hijo. Una esposa. Un esposo. Un hermano. Un amigo. Alguien de tu comunidad.
No esperes siempre el momento perfecto.
A veces Dios comienza grandes reconciliaciones con cinco palabras muy pequeñas:
“Me equivoqué. Por favor, perdóname.”
Y si ya no puedes hablar personalmente con esa persona, habla con Dios. Reconoce tu falta. Ora por ella. Repara aquello que todavía pueda repararse.
La misericordia no borra nuestra responsabilidad.
La transforma en camino de conversión.
𝐎𝐑𝐀𝐂𝐈𝐎́𝐍
Maestro Jesús:
esta noche pongo delante de Ti mis errores.
Muéstrame las heridas que pude causar y nunca reconocí.
Quita de mí el orgullo que busca excusas.
Dame humildad para pedir perdón.
Dame valentía para reparar lo que todavía pueda reparar.
Y si alguien no puede perdonarme todavía, enséñame a respetar su proceso.
Que no busque solamente sentirme mejor.
Que busque amar mejor.
Haz mi corazón humilde, responsable y misericordioso.
Y donde yo dejé una herida, permite que desde hoy comience a sembrar paz.
Amén.
𝐏𝐚𝐳 𝐲 𝐛𝐢𝐞𝐧, 𝐃𝐢𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐝𝐞𝐥𝐚𝐧𝐭𝐞,
𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐚𝐪𝐮𝐢́ 𝐓𝐮́ 𝐡𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧𝐨 𝐞𝐧 𝐂𝐫𝐢𝐬𝐭𝐨
𝐉𝐨𝐫𝐠𝐞 𝐆𝐮𝐭𝐢𝐞́𝐫𝐫𝐞𝐳 𝐆𝐚𝐫𝐜𝐢́𝐚
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