León XIV cumple el sueño de Gaudí e ilumina desde Barcelona un templo que sigue en construcción
León XIV cumple el sueño de Gaudí e ilumina desde Barcelona un templo que sigue en construcción
«He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios»
Texto: Pablo Mariñoso de Juana
Fotografías texto: Sus autores
Fotografías galería: Manuel Queimadelos
«Amén. ¡Déu meu, Déu meu!» fueron las últimas palabras de Antonio Gaudí Cornet. Del «Dios mío, Dios mío» de Cristo en la cruz hasta el testamento verbal del genial arquitecto catalán pasaron veinte siglos, y esta tarde Barcelona se ha congregado en una multitudinaria celebración para conmemorar ese siglo veintiuno. Porque han pasado ya 100 años desde aquel trágico 10 de junio de 1926 en que un tranvía lo atropelló por las calles de Barcelona. Un accidente que escribió su destino final en los márgenes olvidados de la ciudad que él mismo había diseñado. El trazo de sus lápices es hoy la arquitectura bendita que vertebra la Ciudad Condal.
A las 19:16hs el interior de la Sagrada Familia, bosque de piedras y vidrios, jardín botánico de paramecios, se fundía en un aplauso sereno. En las pantallas aparecía el Santo Padre, que bajaba del Papamóvil a las puertas de la basílica, recibido por Sus Majestades, Felipe y Letizia, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y Salvador Illa, presidente autonómico. Varios centenares de sacerdotes flanqueaban los laterales del altar, y teñían con el blanco de sus casullas el festival de colores ideado por Gaudí. De su mañana en Monserrat a la tarde en la Sagrada Familia –ideada como una cordillera con dieciocho cimas–, León XIV ha recorrido este miércoles una ruta de senderismo espiritual por los dos epicentros de la fe en Cataluña.

Fotografía: Kike Rincón (Europa Press)
Nada es casualidad. El cardenal barcelonés Juan José Omella, que también recibía al Papa junto al sanedrín de políticos y autoridades, hace tiempo que se empeñó en inaugurar la Torre de Jesucristo a lo grande, en una magna celebración, y vaya si lo ha conseguido. Toda la Santa Misa de hoy y la posterior bendición de la Torre de Jesucristo, con su pompa litúrgica y su emoción contenida, se debe al cariño de monseñor Omella hacia el pontífice y a su justificado afecto por Gaudí. El secreto de la perseverancia es el amor y este prelado aragonés ha demostrado amar con creces.
La jornada es precisamente lo que muchos denominarían «histórica», y así nos gustaría a todos que lo sea. Cien años ha tardado Barcelona en coronar su ciudad, y el proyecto colosal de Antonio Gaudí no merecía menos esmero. El encuentro de la Diócesis de Barcelona con el Obispo de Roma ha sido la veneración de un venerable. El arquitecto de Reus está en proceso de beatificación, también por el sano empecinamiento de los obispos catalanes. Y es también histórica porque marca, de alguna forma, el eje del primer Viaje Apostólico de León XIV a España. El de hoy ha podido ser el acto central de toda su visita: el día que marcó en el calendario, frente a especulaciones de la prensa –y posibles adelantos de elecciones que nunca son tales–, la venida del Papa en junio. Tenía todo el sentido.
Después de los saludos protocolarios, León XIV ha visitado el edículo y taller de Antonio Gaudí, donde una niña invidente le ha mostrado una pequeña maqueta de la torre de Jesucristo que bendeciría al final de la jornada. Todos los ojos puestos, dentro y fuera del templo, en las pantallas instaladas para seguir la escaleta de una Eucaristía ya bordada en la memoria de Cataluña. Entraba entonces el Santo Padre en la cripta, acompañado de monseñor Omella y del Rector de la parroquia, mosén Josep Maria Turull. Su oración discreta ante el Santísimo y la tumba de Gaudí despertaba el interés de todos. Un Papa arrodillado ante el creador de la basílica; el ‘Ipse Christus’ postrado ante el artífice bendito de este Edén de piedras claras.

Fotografía: Kike Rincón (Europa Press)
A falta de dos días, este arquitecto universal lleva cien años enterrado en esa misma cripta en la que ahora se detenía a rezar el Papa. El 12 de junio de 1926, dos días después de su muerte, Gaudí fue enterrado en esa capilla que lleva por advocación a la Virgen del Carmen. Las crónicas de aquellos días recogen que el cortejo fúnebre que acompañó su féretro hasta el templo que había concebido se convirtió en el acontecimiento ciudadano más importante de aquel año. No más que el acontecimiento de hoy, claro.
A las 19:49hs comenzaba el canto de entrada, irremediablemente solemne, y decenas de monaguillos, con sus cirios y sus cruces, su incensario y toda la parafernalia, encaraban el pasillo central de la Sagrada Familia. El coro ha hecho las delicias de los 4200 peregrinos sentados en el interior de la basílica y de los otros tantos que aguardaban fuera. Más de 500 voces, según informaba la oficina de prensa de la Basílica, quedaban escondidas en lo más alto de la basílica.Rozando la bóveda o el artesonado o el techo o lo que sea que Gaudí quiso poner en lo más alto, eran un centenar de niños y otros tantos de mayores, voces blancas y barítonos, corales y escolanías, quienes se arremolinaban en el cielo de la basílica y nos elevaban a todos los presentes a toda escatología. Juan de la Rubia, organista titular de la Basílica, ponía acordes al festival de voces.

Fotografía: Manuel Queimadelos
Así, dos minutos antes de lo que marcaba la agenda, ha comenzado la Santa Misa. El Gobierno ocupaba las primeras filas, la prensa –cientos de periodistas acreditados para la ocasión– se encaramaba en las tribunas y balcones y los Reyes dirigían su mirada atenta desde el lateral derecho del presbiterio. León XIV, revestido de dorado, incensaba entonces el altar y el aroma de su presencia embriagaba la ciudad entera. El Santo Padre presidía la Eucaristía en el centro mismo de Barcelona.
Cualquier análisis periodístico queda estéril en comparación con la breve oración del acto penitencial, que resumía toda la miga del encuentro: «Queridos hermanos: estamos aquí reunidos para celebrar con alegría la eucaristía, que nos hace familiares de Dios y santos por vocación, y para inaugurar la nueva torre de esta basílica, coronada por la cruz, que, como la escalera de Jacob, une el cielo y la tierra para alabanza y gloria de Dios. Reconozcamos que somos pecadores e invoquemos con confianza la misericordia de Dios». Hoy en la Sagrada Familia, en fin, se vivía la religión, ese ‘relegare’ que une milagrosamente lo humano y lo divino.

Fotografía: Kike Rincón (Europa Press)
Haciendo gala de su capacidad políglota, el propio León XIV ha entonado el Gloria, en perfecto latín, con un torrente de voz. Miles de personas seguían su canto animadamente. Y como esos novios que escogen las lecturas de su boda, con aquello de «el amor es paciente» o lo de «no es bueno que el hombre esté solo», el equipo de ceremonieros pontificios ha escogido unas lecturas que hablaban con precisión para la celebración de esta tarde. Es el dardo atravesando el corazón ardiente, escudo del Papa y acaso lluvia fina que todo lo empapa en esta visita. En este centenario, primera visita de León XIV a Barcelona como pontífice, se ha leído el Apocalipsis, sumando simbología a la amalgama de detalles: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios».
Bendecir su morada ha sido, por tanto, la celebración de una certeza: Dios estaba aquí entre nosotros, con tanta gente reunida en su nombre (y suponemos, mirando las primeras bancadas, que también un puñado en su contra). El salmo, cantado por un chico de la Escolanía de Montserrat, daba gloria a Dios por esta magnífica humanidad que permitió a Gaudí proyectar en piedra el ideal de una vida: «Lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos», cantaba el escolano.
A eso de las 20:19hs se diluía silenciosamente la expectación ante la homilía de León XIV. ¿Qué diría el Santo Padre ante esta improvisada canonización del arquitecto? Lo cierto es que el Papa ha pronunciado una preciosa catequesis sobre la construcción de la Basílica. Hay que tener una mirada de eternidad para siquiera insinuar que cien años no son nada, y que tanta euforia quedaría hueca si la bendición de esta Torre de Jesucristo supone el punto y final. Pero es que León XIV posee esa mirada. La construcción, ha explicado, sigue viva en cada uno de nosotros.

Fotografía: Kike Rincón (Europa Press)
«La Sagrada Familia es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía. Así es como la Ciudad Condal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia, y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo», ha comenzado diciendo.
Tirando del hilo con la misma idea poderosa –que a esta basílica le quedan todavía, por lo menos, otros cien años–, ha predicado: «Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo. No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama».
¿Quién es entonces el constructor? ¿Quién el construido? En sus palabras, León XIV ha insinuado que no fue Gaudí quien alzó este templo para el Señor, sino Dios quien alzo el templo del alma para Gaudí: «Es Dios, en cambio, quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores». Pero nuestra naturaleza de pecado es precisamente la que nos invita a alzar la mirada: «Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria».

Fotografía: Kike Rincón (Europa Press)
Durante su larga homilía, que ha jugado con ese bilingüismo suyo barnizado por el acento americano, el Santo Padre ha tenido unas últimas palabras para la Torre de Jesucristo y para su formidable inventor: «Recordemos, pues, que la Cruz de Cristo, que corona esta basílica, es la Cru de los últimos que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán». Y seguía: «Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que sólo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos».
Una última referencia a Gaudí ha rematado su homilía: «Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador. Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros. Junto con Gaudí, de quien conmemoramos el centenario de su muerte, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz».
Después de la homilía y las peticiones –qué acertada ha estado Barcelona, sin estridencias modernas ni súplicas inexplicables: por la Iglesia, por el Papa, por los gobernantes, por los que sufren, por la paz, y por nosotros–, la numerosa coral ha entonado ‘Verleih uns Frieden Gnädiglich’ de Mendelssohn. Nada es casualidad, decíamos. La música ha sido otro bosque de matices, otra sinfonía de diversidades dentro del rico espectáculo en torno a la figura del arquitecto catalán. Del canto gregoriano –‘Jesu dulcis memoria’–, al ‘Ave Verum’ de Elgar, pasando por el ‘Oh, cel blau’ de Millet o el ‘Virolai a la Mare de Déu de Montserrat’, que ha sonado en cada evento de la etapa catalana. Un juego de composiciones que levantaba el fervor de esta Iglesia que peregrina en Barcelona.
Si bien la Santa Misa ha estado repleta de momentos emocionantes, sobre las 20:57hs tenía lugar una doxología para la historia, que el Papa ha entonado con fiereza. Cientos de sacerdotes extendían sus manos para ofrecer, de nuevo hacia lo alto, este sacrificio siempre antiguo y siempre nuevo. La comunión se ha prolongado durante diez minutos largos mientras los cantos ambientaban el silencio de la oración. Una coreografía de movimientos estudiados ha hecho que miles de personas comulguen, pero no así en la tribuna de prensa. ¿Acaso no se puede tener fe y garabatear notas a vuelapluma al mismo tiempo?

Fotografía: Kike Rincón (Europa Press)
Entonces el cardenal Omella ha dirigido unas palabras finales en agradecimiento por la visita del Santo Padre: «No queremos ser agoreros de desastres sino sembradores de esperanza. La torre de Jesucristo que usted, Santo Padre, va a bendecir, gran emblema de esta ciudad olímpica, nos anima a alzar la mirada hacia la luz que proyecta esta torre coronada por la cruz de Jesucristo». Una afectuosa despedida a la que León XIV ha respondido con el regalo de un cáliz para la diócesis de Barcelona.
Hora y media después del comienzo de la celebración, el Santo Padre ha dado su bendición final: «Tú, que iluminaste a tu siervo Antoni Gaudí para dejar las realidades de este mundo y buscar las del cielo, concédenos edificar en medio de los hombres la nueva Jerusalén de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor». Un amén rotundo ha unificado a todos los presentes, al tiempo que se atenuaban las luces del interior y los escolanos de Montserrat salían con velas. Su entonación de ‘Sanctus’ daba comienzo a la traca final de la bendición.
Es, ay, la tensión fecunda de la Iglesia en España. El momento de mayor recogimiento se ha fundido con los minutos de mayor alboroto. Una de cal y otra de arena, estoy es, una de silencio y otra de puro ruido. Ante la fachada iluminada por los focos y, sobre todo, por los rostros de la Escolanía de Montserrat –protagonistas musicales del itinerario barcelonés–, se ha despegado un espectáculo de música, luces y fuegos artificiales. Pero nada como la luz de una mirada. Era la de León XIV, sentado frente a la facha principal del templo. Era la de los 4000 fieles del interior y los 5000 peregrinos congregados en las afueras. La sensación compartida ha sido la de pura sorpresa. Sorpresa mayúscula. Con el ‘Hosana in exelcis Deo’ se ha hecho la luz.

Fotografía: Manuel Queimadelos
El aplauso ha sido ensordecedor en dos momentos finales: primero, la Cruz quedaba iluminada por completo, cumpliendo aquel deseo de Gaudí: «La cruz será de cristal; de día reflejará la luz del sol y por la noche, mediante potentes focos, proyectará haces de luz sobre la ciudad». Y, por último, un espectáculo de drones que dibujaba en el firmamento la silueta de Gaudí. El estallido de aplausos se ha rematado con la frase «Primer l’amor. Després la tècnica», en una coreografía de drones coloridos.
Quizás hacía falta que pasaran cien años para comprender a qué se refería todo. Por qué soñó Gaudí esta locura. Por qué erigió hacia el cielo un templo imposible. Quizás hacía falta la perspectiva de un siglo, incluso, para comprender la actualidad del mensaje del Papa. Sólo ahora, con la Torre de Jesucristo encendida, terminamos de entender el mandato de estos días: alzad la mirada. Barcelona por fin la ha alzado. ¡Déu meu, Déu meu! Amén.

