El muelle de la vergüenza, transformado en lugar de esperanza: «La dignidad humana no tiene pasaporte»
El muelle de la vergüenza, transformado en lugar de esperanza: «La dignidad humana no tiene pasaporte»
León XIV se ha inclinado este jueves ante aquellos que cruzan el Atlántico jugándose la vida. En el puerto de Arguineguín, el primer Papa que pisa Canarias se ha encontrado cara a cara con migrantes rescatados del mar y con quienes los socorren y los acogen, en uno de los actos de mayor contenido humano de todo su viaje a España. Tras escuchar a un capitán de Salvamento, a una voluntaria de Cáritas y a una víctima de trata, ha querido devolverles algo que el mar y las mafias intentaron arrebatarles: «No son números ni expedientes», dijo, y resumió la mañana en una frase: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».
Texto: Bernabe Villalba
Imágenes: EFE / Ángel Medina
Olía a mar y hacía calor. En el muelle, la gente esperaba con mucha paz, con esa calma serena de quien sabe que viene a verle un buen amigo. Había grupos de migrantes reunidos con tranquilidad, sin la tensión de los expedientes ni de las cifras. Y, al fondo, esta vez en el muelle y también tranquilo, una embarcación naranja de Salvamento Marítimo, sin la vorágine del rescate sino más bien como un hermano mayor que acompaña a sus hermanos. Quizá por eso el ambiente tenía algo de familia: porque aquí muchos se han dado la vida unos a otros, los de Salvamento a quienes caen al agua y los que cuidan en el día a día de tierra.
León XIV ha llegado a las 11:40 de la mañana al puerto de Arguineguín, donde le aguardaba el obispo de Canarias, monseñor José Mazuelos Pérez, junto a representantes de Salvamento Marítimo, la Policía Nacional, la Guardia Civil, Cruz Roja, Cáritas y presidencia del gobierno de España. Pero, como en otras etapas de este viaje, el protagonismo no estaba en las autoridades, sino en los rostros más sencillos: los migrantes recuperados del mar y quienes les tienden la mano. Era, además, un momento histórico: jamás un Pontífice había pisado las islas. Cuando el Papa apareció, a más de uno le brillaban los ojos por la emoción de encontrarse con el sucesor de Pedro, el pescador.

En su saludo, monseñor Mazuelos puso palabras a un lugar que enmudeció al mundo: el que muchos llamaron el muelle de la vergüenza. Recordó que este muelle ha sido testigo de la llegada de miles de personas que huyen del hambre, de la guerra y de la desesperación tras travesías que superan los 1.600 kilómetros, y reivindicó que precisamente aquí, donde tanto se ha sufrido, puede nacer un símbolo de acogida y de justicia. «Cada migrante es un rostro concreto, no un número», afirmó, antes de agradecer la labor de quienes llamó «los ángeles de la guarda de las personas migrantes». Pidió al Papa que ayude a mirar con compasión, a actuar con valentía y a construir una sociedad donde nadie sea tratado como un problema, sino como un hermano.
Rostros concretos de la acogida y la esperanza
Llegaron después los testimonios, y con ellos un silencio se apoderó del muelle: un silencio traspasado por el dolor de quienes ahora, por fin, ven tierra y viven.
El primero en hablar fue Tito Villarmea, capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, un nombre que, dijo, «evoca lo celestial». Confesó que no había dormido desde que supo de la visita, y recordó a sus abuelos gallegos, que una sola vez salieron de su pueblo para viajar casi veinte horas y ver a Juan Pablo II en Fátima. En dieciocho años, junto a su equipo, ha rescatado a más de 20.000 personas. Pero hubo una a la que nunca olvidará: una madre que viajaba en una patera y que, ya a salvo, descubrió el rostro de su hijo de catorce años, le colocó unos pendientes dorados y lloró. Era una niña. «Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes», dijo. «Podrían haber sido mis hijas». El Papa escuchaba atento, sin apartar la mirada, como el pescador que repasa sus redes para repararlas.

Tomó después la palabra María, voluntaria de Cáritas, que evocó los días del desbordamiento, cuando los recursos eran escasos, no se conocía la lengua de quienes llegaban y muchas veces solo se podía ofrecer «galletas, leche y un poco de atención». De aquella impotencia, dijo, aprendieron lo esencial: que no se trataba de resolverlo todo, sino de estar presentes; que una sonrisa o una mirada bastan para que alguien se sienta acogido, aunque no haya idioma común.
El testimonio más estremecedor llegó de la mano de otra mujer, que leyó (por motivos de seguridad)) las palabras de Blessing, víctima de trata. La historia de una nigeriana que salió de su país no porque quisiera, sino porque no había otra salida; que dejó atrás a dos hijas, cayó en manos de una mafia y sobrevivió a un cautiverio que ni el mar consiguió cerrar. «He aprendido a creer en mí misma de nuevo», concluía su carta.
Cerró el turno de testimonios una trabajadora latinoamericana que llegó a Gran Canaria en 1997 con «una maleta cargada de sueños», pasó por un bazar, un restaurante y veinte años en una empresa de reformas, y que hoy dirige su propia compañía con seis empleados. Quiso dejar un mensaje a quienes aún sufren: que sí se puede salir adelante con trabajo, respeto y gratitud, y que ojalá los trámites para quienes llegan sean cada vez más humanos.

«Donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede quedar muda»
Cuando llegó su turno, León XIV mostró el anillo del Pescador que lleva en la mano y, a partir de él, partió toda su reflexión. Recordó que a Pedro le fue dicho «desde ahora serás pescador de hombres», y que en lugares como El Hierro ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa, allí donde se rescatan personas. Por eso, advirtió, «el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles».
Evocó el mar de la Biblia como imagen del caos (el Leviatán que devora, las mafias que trafican con la desesperación, la indiferencia que traga a los pobres) y, frente a él, la voz de Cristo que ordena: «¡Calla, enmudece!». «Ahí donde Cristo manda callar al mar», dijo, «la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas».
Se dirigió uno a uno a quienes habían hablado. A Tito y a María, para subrayar que la conversión empieza cuando el migrante deja de ser «uno más». A Blessing, a quien dedicó las palabras más intensas: su nombre significa bendición, y «si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable». «Eres hija y hermana, eres bendición», le dijo. Y a los migrantes presentes les pidió que protejan su vida y no la entreguen a quienes prometen paraísos fáciles, esos «cantos de sirenas» que son industrias de muerte.

El drama, insistió, debe convertirse en examen de conciencia: para los países de origen y de tránsito, para una Europa que no puede acostumbrarse a que el Atlántico sea «un cementerio sin lápidas», y para una Iglesia que no puede adorar a Cristo en el altar y luego «pasar de largo» ante los cayucos. Reivindicó tanto el derecho a buscar refugio como el derecho a no tener que migrar, y dejó una frase que resumió toda la mañana: «No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte».
Encomendó finalmente a los presentes a Nuestra Señora del Carmen, patrona de la gente del mar, para que acompañe a quienes llegan, consuele a quienes han perdido a los suyos y despierte en todos «la valentía de la misericordia».
Al terminar, al fondo seguía la lancha naranja, fiel, montando guardia. El muelle que el mundo llamó «de la vergüenza» había escuchado, por una vez, una palabra distinta. Porque hoy, junto al mar, cada vida que ha llegado a una orilla planteaba la misma pregunta que el Papa dejó suspendida en el aire salado: qué queda de nuestra humanidad. Y, por un instante, en Arguineguín, la respuesta fue alzar la mirada y acoger.

