El Papa: llamados a ser incansables artífices de la paz en nombre de Jesús

El Papa: llamados a ser incansables artífices de la paz en nombre de Jesús

León XIV recibe a los miembros del Sínodo de la Iglesia de Bagdad de los Caldeos, reunidos en Roma para la elección del nuevo patriarca. Con la mirada puesta en Oriente Medio, el Pontífice exhorta a los obispos a ser un signo de esperanza en lugares profanados por «la blasfemia de la guerra»

Salvatore Cernuzio – Ciudad del Vaticano

«Dios no bendice ningún conflicto» y quien es «discípulo de Cristo» nunca está del lado de «quien ayer empuñaba la espada y hoy lanza bombas» . Palabras duras, las del Papa León XIV, tan duras como el panorama actual de un «mundo marcado por violencias absurdas e inhumanas», impulsadas por la «codicia» y el «odio». El Pontífice recibe esta mañana, 10 de abril, en el Vaticano, a los miembros del Sínodo de la Iglesia de Bagdad de los caldeos. Una Iglesia que hunde sus raíces en la primitiva y que es, por tanto, guardiana «de una fe transmitida a lo largo de los siglos con valentía y fidelidad». El motivo es la convocatoria de la asamblea en Roma (del 9 al 15 de abril) para la elección del nuevo patriarca, tras la renuncia del cardenal Louis Raphaël Sako, el pasado 10 de marzo, por haber alcanzado la edad límite. Una fase «delicada y compleja, a veces incluso controvertida», señala León XIV.

Sangre inocente derramada

En el rostro de estos pastores, el Papa ve reflejado el Oriente Medio con sus heridas, sus complejidades y dificultades. Y por eso confía a los «hermanos obispos» un mandato preciso: ser «signos de esperanza» en medio de las brutalidades que «se extienden con ferocidad precisamente en las tierras que vieron surgir la salvación, en los lugares sagrados del Oriente cristiano, profanados por la blasfemia de la guerra y la brutalidad de los negocios, sin consideración por la vida de las personas, considerada como mucho un efecto colateral de sus propios intereses» .

“Pero ningún interés puede valer más que la vida de los más débiles, de los niños, de las familias; ninguna causa puede justificar la sangre inocente derramada”

Pleno respeto a los cristianos

Con el mismo vigor, el Papa León pide el pleno respeto a los cristianos en las tierras de Oriente Medio para que «se sientan animados, a pesar de todas las pruebas, a permanecer firmes en la fe recibida de los Padres y a quedarse en sus territorios». «Esto —dice— es importante para toda la Iglesia, porque las regiones en las que surgió la luz de la fe —orientale lumen— no pueden prescindir de los creyentes en Jesús, de los cristianos, que están en Oriente Medio como las estrellas en el cielo».

“Que se disipen las nubes que oscurecen esta luz: ¡que los cristianos de todo Oriente Medio sean respetados, no solo de palabra, sino que disfruten de verdadera libertad religiosa y de plena ciudadanía, sin ser tratados como huéspedes o como ciudadanos de segunda clase!”

Infatigables artífices de la paz

«Estoy con vosotros», afirma de nuevo León XIV: «Que las pruebas que atravesáis os impulsen a ofrecer una respuesta iluminada por la fe y marcada por la comunión, también hacia los cristianos de otras confesiones», hermanos en la fe con los que «conviene establecer relaciones de auténtico intercambio». Así, añade, «seréis un gran ejemplo y un gran estímulo» también para el «querido y admirable pueblo» de Oriente Medio que «llevo en el corazón y por el que rezo».

“Vosotros, llamados a ser incansables artífices de la paz en nombre de Jesús, ayudadnos a proclamar claramente que Dios no bendice ningún conflicto; a gritar al mundo que quien es discípulo de Cristo, príncipe de la paz, nunca está del lado de quien ayer empuñaba la espada y hoy lanza bombas; a recordar que no serán las acciones militares las que creen espacios de libertad o tiempos de paz, sino solo la paciente promoción de la convivencia y del diálogo entre los pueblos.”

Es, pues, una gran misión la que corresponde a los obispos: «Anunciar a Cristo resucitado incluso en contextos de muerte, ser presencia viva de fe y caridad, mantener viva la esperanza allí donde parece apagarse». No hay que desanimarse: «El Señor camina con vosotros», anima León. Quien asegura el acompañamiento del Dicasterio para las Iglesias Orientales.

Transparencia, atención, responsabilidad, prudencia

El Pontífice dirige también palabras de gratitud al cardenal Sako por las «significativas aportaciones» y los «notables esfuerzos» que ha realizado. «Siento —añade— que este es el momento de la renovación espiritual, de una renovación fiel a vuestras preciosas y peculiares tradiciones, que deben ser custodias». La referencia es a la «riqueza» del patrimonio litúrgico y espiritual, de «suma importancia» —como ya afirmaba el Concilio— para la custodia de la «tradición cristiana íntegra».

Junto a esto, el Papa León dirige una exhortación «fraterna y paterna» a los miembros del Sínodo caldeo. En primer lugar, el de ser «atentos y transparentes en la administración de los bienes, sobrios, mesurados», así como «responsables en el uso de los medios de comunicación, prudentes en las declaraciones públicas, para que cada palabra y cada comportamiento contribuya a edificar —y no a herir— la comunión eclesial y el testimonio de la Iglesia».

“Tomen en serio la formación de los presbíteros, sus primeros colaboradores en el ministerio: apóyenlos con su cercanía, edificando con ellos y para ellos una fraternidad concreta y tangible”

El nuevo patriarca

Por último, el Papa traza el perfil del futuro nuevo patriarca que será elegido en los próximos días, con el fin de facilitar el discernimiento para la elección. En primer lugar, dice, el nuevo patriarca debe ser «un padre en la fe y un signo de comunión con todos y entre todos». «Que Su Beatitud sea un hombre de las Bienaventuranzas: no llamado a gestos extraordinarios ni a suscitar revuelo, sino a una santidad cotidiana, hecha de honestidad, misericordia y pureza de corazón»,afirma León XIV.

“Que sea un Pastor capaz de escuchar y acompañar, porque la autoridad en la Iglesia es siempre servicio y nunca hegemonía”

Una «guía auténtica y cercana al pueblo», no una «figura llamativa y distante», es, por tanto, quien deberá guiar a la Iglesia de Bagdad de los caldeos; un hombre «arraigado en la oración», «capaz de llevar el peso de las dificultades con realismo y esperanza», «maestro de pastoral que identifique caminos concretos para el bien del pueblo de Dios junto con los hermanos obispos», en un «espíritu de concordia» promoviendo la «unidad en la caridad».

León XIV: la santidad no es un privilegio para unos pocos, compromete a todo bautizado

Continuando con las reflexiones sobre la Lumen gentium, en la audiencia general el Pontífice se detiene en la vocación universal a la santidad: “La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados”

Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano

La Plaza de San Pedro resplandece. Peregrinos de todas partes del mundo la llenan de entusiasmo y devoción. El Papa se concede un largo recorrido en el papamóvil por los pasillos acordonados, bendiciendo a la multitud, saludando a los niños y a todos los fieles con afecto.

En su catequesis de hoy, 8 de abril, durante la audiencia general, vuelve a abordar los temas de la constitución conciliar Lumen gentium, donde se habla de la vocación universal a la santidad, y reitera que la santidad es un don que hay que acoger con alegría y compromiso. De hecho, el camino hacia la santidad se ofrece a todos, subraya el Sucesor de Pedro, consciente de que no se trata solo de un compromiso ético, sino de la esencia misma de la vida cristiana.

No es un privilegio para unos pocos

Todos los creyentes, por tanto, están llamados a la santidad, recuerda el Papa, y a su núcleo más profundo y constitutivo: la caridad. No es algo reservado a unas élites, sino a todo el pueblo de Dios: “La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender hacia la perfección de la caridad, es decir, hacia la plenitud del amor a Dios y al prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados”.

Listos para confesar a Cristo, hasta la sangre

El Pontífice precisa, siempre a la luz del documento conciliar, cuán importante es el martirio, culmen de la santidad. Un horizonte que no es ajeno a nuestros días, ni mucho menos, como se recuerda: “Todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta la sangre, como siempre ha sucedido y sigue sucediendo hoy. Esta disposición al testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan huellas de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose con la justicia”.

No solo compromiso ético, sino esencia de la vida cristiana

Todos los sacramentos, en particular la Eucaristía, contribuyen a la plena conformación a Cristo, “modelo y medida de la santidad”. Acertada la cita de San Carlos Acutis, que el Papa hizo al saludar a los peregrinos de lengua portuguesa: “Ante el sol uno se broncea. ¡Ante la Eucaristía uno se vuelve santo!”. La santidad, añade León, es una misión cotidiana que hay que llevar a cabo con una conversión continua.

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El Papa también quiere destacar la dimensión de la santidad que va más allá de la mera adhesión a unas orientaciones morales, ya que la santidad, se podría decir, constituye el ADN del ser cristiano: “La santidad no tiene solo una naturaleza práctica, como si se redujera a un compromiso ético, por grande que sea, sino que atañe a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria”.

Pobreza, obediencia, castidad: no son cadenas, sino dones liberadores

León XIV cita a San Pablo VI cuando afirma que todos los bautizados deben “ser santos, es decir, verdaderamente hijos suyos dignos, fuertes y fieles”. Y luego ensalza la vida consagrada, que tiene un “papel decisivo”. Recomienda, a este respecto, considerar la pobreza, la castidad y la obediencia no como prisiones: “Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios”.

Explica el sentido de cada una de estas virtudes: la pobreza libera “del cálculo y del interés propio»; la obediencia libera “de la desconfianza y del dominio”; la castidad “es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia”.

El sufrimiento como camino de santidad

A pocos días de la Pascua de la Resurrección del Señor, el Obispo de Roma invita a contemplar de nuevo el sacrificio del Crucificado, a través del cual “¡todos somos redimidos y santificados!”.

Y asegura: “No hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en camino de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos fortalece así en cada prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor”.

La fuerza “no violenta” de la Pascua en los llamados a la paz del Papa León XIV

La fuerza “no violenta” de la Pascua en los llamados a la paz del Papa León XIV

Desde las manos que “gotean sangre” del Domingo de Ramos, hasta aquellas que depongan las armas, invocadas en el mensaje para la Urbi et Orbi. Los llamamientos a la paz del Pontífice invitan a no dejarse superar por la indiferencia y la habituación, sino a creer con firmeza en el “Dios que rechaza la guerra”.

Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano

“Hermanos, hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, que nadie puede usar para justificar la guerra, que no escucha la oración de quien hace la guerra y la rechaza diciendo: Aunque multiplicarais las oraciones, yo no escucharía: vuestras manos gotean sangre”.

Las manos impregnadas de esa savia vital ya derramada, invocadas por el Papa el Domingo de Ramos. Las mismas manos del Pontífice, estrechadas alrededor de la Cruz el Viernes Santo. Un “signo importante”, según su propia admisión, como “líder espiritual hoy en el mundo”, que abraza idealmente a “madres”, “parientes” y “amigos de los condenados”, obligados “a humillarse ante la autoridad para recibir los restos martirizados” de una persona querida. Y finalmente, esas mismas manos llamadas a deponer las armas y a resplandecer con la misma luz celebrada la mañana de Pascua desde la Logia central de la Basílica de San Pedro.

“Vuelve tu espada a su lugar”

La concreción de los gestos, la ternura de los sentimientos. Todo esto estaba en los llamados que, durante la Semana Santa, el Papa León XIV dedicó a la paz y al cese de los conflictos que azotan el mundo. El primer fotograma es el del Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro, frente a 40.000 fieles y 120.000 ramitas de olivo levantadas para simbolizar esa paz suave de la que Jesús, recordó el Pontífice, es tanto “rey” como “caricia”, mientras “otros empuñan espadas y bastones”. A ellos se dirigió el Pontífice con las mismas palabras pronunciadas por Cristo cuando uno de sus discípulos, según el relato evangélico, había sacado un arma para defenderlo.

“Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada, de espada morirán”

El rojo de la sangre que gotea, contrastado por ese mismo color que destacaba en los ornamentos litúrgicos, celebración de ese Dios que “no se armó, no se defendió, no peleó ninguna guerra”, afirmó el Pontífice.

“En lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces plantadas en todo tiempo y lugar en la historia de la humanidad.”

El olivo en Plaza de San Pedro para el Domingo de Ramos

El olivo en Plaza de San Pedro para el Domingo de Ramos   (@VATICAN MEDIA)

“El bien no puede venir de la prevaricación”


La paz invocada por el Papa, especialmente en esta “hora oscura” para un mundo “contendido entre potencias que lo devastan”, tocó todo el conocimiento de la existencia humana. En la Misa Crismal del Jueves Santo, presidida en la Basílica de San Pedro, León XIV recordó cómo “el bien no puede venir de la prevaricación” en cualquier ámbito, no solo pastoral sino también social y político.

“La ocupación imperialista del mundo se interrumpe entonces desde dentro, la violencia que hasta hoy se hace ley queda al descubierto. El Mesías pobre, prisionero, rechazado, cae en la oscuridad de la muerte, pero así trae a la luz una creación nueva.”

“Cristo nos da un ejemplo de dedicación, de servicio y de amor”


La tercera imagen inmortaliza las manos, aún las del Pontífice, que, en la Misa de la Coena Domini en la Basílica de San Juan de Letrán, lavaron los pies a los jóvenes sacerdotes consagrados por él mismo. Un gesto que, en palabras de León XIV, recordó el poder purificador de Dios. Él lava no solo la sangre que gotea de los conflictos, sino también la imagen distorsionada que ellos devuelven: las “idolatrías” y las “blasfemias” que la ensucian. Y con ellas el Señor limpia también al hombre mismo.

“El que se cree poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se cree grande cuando es temido. Verdadero Dios y verdadero hombre, Cristo nos da en cambio un ejemplo de dedicación, de servicio y de amor.”

Lavatorio de pies en Jueves Santo

Lavatorio de pies en Jueves Santo   (@Vatican Media)

Sobre las “huellas” de Jesús

Los llamados del Papa sobre la paz remiten a la continua dicotomía entre mal y amor. De la misma manera, las meditaciones escritas por el padre Francesco Patton, ya custodio de Tierra Santa, para el Vía Crucis presidido por el mismo Pontífice, identificaron una ambivalencia similar, recorriendo la misma senda transitada por Jesús entre personas que compartían “la fe” y “otros que se burlan e insultan”. “Así es la vida de todos los días”, escribió el fraile menor: así es el camino trazado siguiendo “las huellas” de Jesús, como afirmó el Pontífice recitando la Oración Omnipotens compuesta por San Francisco de Asís, junto a unos 30.000 fieles presentes en el Coliseo en la noche del Viernes Santo.

El Vía Crucis en el Coliseo (@VATICAN MEDIA)

El Vía Crucis en el Coliseo (@VATICAN MEDIA)   (@Vatican Media)

“Dios no quiere nuestra muerte”

Es nuevamente la oscuridad, esta vez preludio de la mañana de Pascua, la que acompañó la Vigilia en la Basílica de San Pedro llena de 6.000 personas. Dios “no quiere nuestra muerte”: este fue el llamado del Papa, urgente frente a la narrativa de los conflictos que reduce a las víctimas a fríos números.

“El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, que va más allá de la muerte y que ninguna tumba puede aprisionar.”

León XIV exhortó a dar vida a un “mundo nuevo, de paz, de unidad”, partiendo de los fracasos de la humanidad, con referencia al mar por el que Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto. Un elemento que el Pontífice definió “puerta de entrada” para el inicio de una vida “libre”, pero también “lugar de muerte”, justo mientras la crónica devolvía otra tragedia en el Mediterráneo: el naufragio de una embarcación que salió de Libia, causando más de 70 desaparecidos, y los relatos de los supervivientes, en estado de shock, en Lampedusa. El lugar donde León XIV se dirigirá el próximo 4 de julio.

“El Señor está vivo y permanece con nosotros”

La noche, el amanecer y luego la Misa en el día de Pascua. El cielo claro de la Plaza de San Pedro, 60.000 fieles presentes. Ciertamente, el mal no se borra en un día: la guerra “mata y destruye” y la amenaza siempre acecha:

“La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos parciales, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva desde todos lados por los abusos que aplastan a los más débiles, por la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, por la violencia de la guerra que mata y destruye.”

Pero se puede y se debe recoger la invitación pascual a “levantar la mirada”, vislumbrando el “espacio para una nueva vida que surge”, más allá de los sepulcros y del dolor.

“El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de grietas de resurrección que se abren en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino final de nuestra vida.”

El Papa en Plaza de San Pedro para la Misa del día de Pascua (@VATICAN MEDIA)

El Papa en Plaza de San Pedro para la Misa del día de Pascua (@VATICAN MEDIA)   (@Vatican Media)

“La fuerza con la que Cristo ha resucitado es totalmente no violenta”

Es la invitación final del Pontífice, que también resuena en el tradicional mensaje para la Urbi et Orbi.

“Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes a la muerte de miles de personas. Indiferentes a las repercusiones de odio y división que los conflictos siembran. Indiferentes a las consecuencias económicas y sociales que producen y que todos percibimos.”

Porque si en el mundo hay batallas, el ejemplo para vencerlas surge de la Pascua: manos que abrazan, y que no empuñan armas.

“La fuerza con la que Cristo ha resucitado es totalmente no violenta.”

Una exhortación que resuena en el llamado dirigido el martes pasado en Castel Gandolfo por León XIV al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y a los líderes del mundo:

“Vuelvan a la mesa para dialogar, busquemos soluciones a los problemas, busquemos maneras de reducir la violencia que estamos alimentando. Y que la paz, especialmente en Pascua, esté en nuestros corazones.”

EN VIVO | Misa Crismal del Papa León XIV desde el Vaticano | Jueves Santo | 2 abril 2026

transmisión en directo desde la Basílica de San Pedro el 2 de abril de 2026 a las 9:30 a. m. hora de Roma, para la Misa Crismal del Jueves Santo, presidida por el Papa León XIV. Esta solemne celebración de la Semana Santa reúne a sacerdotes, obispos y fieles para la bendición de los santos óleos, que serán utilizados en los sacramentos a lo largo del año. Escribe tus intenciones de oración en los comentarios.  Crédito: Vatican Media

Pizzaballa desde Getsemaní: momento muy complicado, queremos paz

Pizzaballa desde Getsemaní: momento muy complicado, queremos paz

Ayer por la tarde la oración en Getsemaní, guiada por el patriarca de Jerusalén de los latinos Pizzaballa. “Momento muy complicado, queremos construir la paz”, subrayó al inicio. “La guerra ha interrumpido nuestro camino festivo, haciendo difícil incluso la simple alegría de seguir a nuestro Rey”. Y añadió: “Jesús llora una vez más sobre Jerusalén y sobre esta Tierra Santa”.

Roberto Paglialonga – Ciudad del Vaticano

El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca de Jerusalén de los latinos, ha guiado desde Getsemaní, a los pies del Monte de los Olivos, la oración especial por la paz, en la solemnidad del Domingo de Ramos. La súplica se llevó a cabo a pocas horas del bloqueo impuesto por las autoridades israelíes al mismo Pizzaballa y al padre Francesco Ielpo, custodio de Tierra Santa, de acceder al Santo Sepulcro para la celebración de la Misa.

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“Estamos viviendo una situación muy complicada”, “nos hemos reunido porque queremos construir la paz, la fraternidad”, subrayó el patriarca al inicio de la celebración, que se desarrolló sin peregrinos.

Sin procesión, sin palmas


Hoy —observó— “en esta tarde de Domingo de Ramos, estamos aquí sin la procesión, sin las palmas que ondean por las calles”. Y “no es una falta formal, sino que se debe a la guerra, que ha suspendido nuestro camino festivo, haciendo difícil incluso la simple alegría de seguir a nuestro Rey. Nuestros hermanos y hermanas de Tierra Santa hoy no pueden llenar las calles ni unir su voz al cortejo festivo”, dijo. Sin embargo, “su ausencia no está vacía ante el Señor”, porque “Él no busca calles triunfales, entra allí donde la puerta está entreabierta, donde la fidelidad es pan cotidiano”.

El Resucitado en medio de nosotros, incluso cuando el camino está bloqueado


“El Crucificado Resucitado no deja de pasar en medio de nosotros. Incluso cuando el camino está bloqueado —subrayó hablando desde un altar de la Basílica de Getsemaní asomada a las murallas de la Ciudad Santa, y rodeado por numerosos concelebrantes— Él habita el corazón de quien no ha dejado de seguirlo. Pero precisamente en este silencio forzado, esta liturgia se hace más verdadera. Porque el grito ‘Hosanna’ no necesita ramas para subir al cielo, y la fe no se dobla cuando le faltan los ritos exteriores”.

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Jesús llora sobre Jerusalén y sobre la Tierra Santa sin paz


Pero “hoy Jesús vuelve a llorar sobre Jerusalén”, dijo también. “Llora sobre esta ciudad que permanece signo de esperanza y de dolor, de gracia y de sufrimiento. Llora sobre esta Tierra Santa que todavía no sabe reconocer el don de la paz”. Y además: “Llora sobre todas las víctimas de una guerra que no da señales de terminar, sobre las familias divididas, sobre las esperanzas rotas. Pero las lágrimas de Jesús nunca son estériles: nos abren los ojos, nos interpelan, nos revelan la verdad”.

Testigos de un amor que no se rinde


Por ello, prosiguió Pizzaballa, “en esta tierra que sigue esperando la paz, estamos llamados a ser testigos de un amor que no se rinde. Que nuestro camino de fe, también hoy, pueda ser un camino de esperanza. Y que nuestra vida, aun en la dureza del presente, sepa llevar el amor de Cristo y su luz allí donde todo parece oscuridad”.

El verdadero poder no está en la violencia


Comentando la Pasión, el patriarca se detuvo luego en la traición de Judas, en la negación de Pedro, en el silencio de Pilato, en los gritos de la multitud que invocaba la cruz y la muerte de Jesús, pero también en la figura del centurión: él “descubre que el verdadero poder no reside en la violencia o en la espada que mata, sino en una vida entregada libremente”. Y así, en aquel momento dramático, “hace la más alta confesión: este hombre es el Hijo de Dios. Precisamente en el momento en que la muerte parece triunfar, la verdad se revela, el amor se manifiesta y la salvación se cumple”.

La paz es el fruto de la cruz: Dios se dona completamente


También “hoy, mientras la guerra parece sofocar toda palabra de paz, aquí —donde Jesús lloró— podemos oír resonar esa misma confesión. La última palabra de Dios es la tumba vacía. Es el Señor que precede a los discípulos en Galilea y que nos precede también a nosotros, guiándonos hacia una paz que no es una ilusión, sino el fruto de la cruz”, dijo el purpurado. Por lo tanto “la paz que Jesús ofrece no es un frágil acuerdo entre enemigos, sino una paz nacida de la cruz, una paz que viene de un Dios que se dona completamente y no tiene necesidad de fuerza ni de armas. Esta es la paradoja que estamos llamados a acoger hoy”. Porque “Jerusalén, la Tierra Santa, no es solo un lugar geográfico; es el corazón palpitante de nuestra fe. Cada piedra aquí habla de salvación; cada colina lleva el recuerdo del Dios que ha elegido acercarse”, añadió. Por eso, “vivir la fe en esta tierra significa aceptar la contradicción que ella encarna: el lugar de la resurrección es también el lugar del Calvario; el lugar del abrazo de Dios está todavía marcado por demasiado odio”.

Llevar la cruz y convertirse en constructores de reconciliación


Y sin embargo, precisamente desde este lugar santo “aprendemos a mirar la ciudad con los ojos de Cristo. Aprendemos a llorar con él, pero también a esperar con él. Porque la misma Jerusalén que rechazó al Príncipe de la Paz también ha visto la tumba vacía. La guerra no borrará la resurrección. El dolor no apagará la esperanza”, concluyó el patriarca. Hoy, sin palmas, “llevamos en cambio la cruz —no una carga inútil, sino la fuente de la verdadera paz. No ondeamos ramas de olivo; elegimos en cambio convertirnos en constructores de reconciliación, a través de cada gesto, cada palabra, cada relación”.

El Papa: Que en la Iglesia el ejercicio de la justicia sea búsqueda de la verdad en la caridad

El Papa: Que en la Iglesia el ejercicio de la justicia sea búsqueda de la verdad en la caridad

Al abrir el Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, León XIV subraya que la administración de justicia contribuye también a la tutela del valor de la unidad, «elemento esencial de la vida eclesial». En el discernimiento atento de los hechos, en la escucha respetuosa de las personas involucradas y en la aplicación correcta de las normas para representar fielmente los principios del ordenamiento, «una misión que es a la vez jurídica y espiritual»

Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano

«La justicia en la Iglesia no es un mero ejercicio técnico de la norma», sino «un ministerio al servicio del Pueblo de Dios» que exige «competencia jurídica», «sabiduría, equilibrio y una búsqueda constante de la verdad en la caridad», y «cada decisión, cada proceso y cada juicio» deben «reflejar esa búsqueda de la verdad que está en el corazón de la vida de la Iglesia». En la ceremonia de apertura del Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, en la Aula de las Bendiciones del Palacio Apostólico, León XIV inicia su discurso aclarando que «a la luz de la misión que orienta a la Iglesia», la «auténtica justicia» es el «ejercicio de una forma ordenada de caridad, capaz de custodiar y promover la comunión».

El Papa mientras lee su discurso

El Papa mientras lee su discurso   (@VATICAN MEDIA)

La administración de justicia en el Vaticano

En particular, en el ordenamiento jurídico del Estado de la Ciudad del Vaticano, la administración de justicia no consiste únicamente en la «resolución de controversias», explica el Papa, sino que contribuye a la tutela de la unidad —«elemento esencial de la vida eclesial»— y del propio ordenamiento jurídico, sustentando la «credibilidad de las instituciones». Por lo tanto, «la observancia de las garantías procesales, la imparcialidad del juez, la efectividad del derecho de defensa y la duración razonable de los procesos» no son solo «instrumentos técnicos del procedimiento judicial», sino también «condiciones a través de las cuales el ejercicio de la función jurisdiccional adquiere una autoridad particular y contribuye a la estabilidad institucional». Por lo tanto, el juicio no es «simplemente el lugar del conflicto entre pretensiones opuestas», sino, más bien, «un espacio ordenado en el que, mediante el enfrentamiento regulado entre las partes y la intervención imparcial del juez, el disenso se reconduce hacia un horizonte de verdad y justicia». Para el Pontífice, en este sentido, sigue siendo válido lo que escribe San Agustín en De civitate Dei: «Sin justicia no se puede administrar el Estado; es imposible que haya derecho en un Estado en el que no hay verdadera justicia».

Queridos hermanos y hermanas, vuestro servicio adquiere, por tanto, un valor no solo institucional, sino también profundamente eclesial. A través del discernimiento atento de los hechos, la escucha respetuosa de las personas involucradas y la aplicación correcta de las normas para representar fielmente los principios del ordenamiento, ustedes participan en una misión que es a la vez jurídica y espiritual.

La justicia nace del orden del amor

Al detenerse en «la relación que existe entre la administración de la justicia y el valor de la unidad», el obispo de Roma recuerda que «la tradición cristiana siempre ha reconocido» la justicia como «virtud fundamental para el orden de la vida personal y comunitaria».

San Agustín recordaba que el orden de la sociedad nace del orden del amor, afirmando que «ordinata dilectio est iustitia». Cuando el amor está correctamente ordenado, cuando Dios es puesto en el centro y el prójimo es reconocido en su dignidad, entonces toda la vida personal y social recupera su justa orientación.

Un momento de la ceremonia de apertura del Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano

Un momento de la ceremonia de apertura del Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano   (@VATICAN MEDIA)

El vínculo entre justicia y caridad

En la práctica, «del orden del amor nace también el orden de la justicia», explica León, y agrega que cuando el amor es auténtico «nunca es arbitrario ni desordenado, sino que reconoce la verdad de las relaciones y la dignidad de cada persona». Por eso «la justicia no es solo un principio jurídico, sino una virtud que contribuye a edificar la comunión y a estabilizar la vida de la comunidad». Y, de hecho, continúa el Papa, Santo Tomás, en la «Summa Theologiae», define la justicia como «la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que le corresponde», destacando «su carácter estable y objetivo», el cual «no depende de intereses contingentes, sino que se arraiga en la verdad de cada persona y en la búsqueda del bien común». Existe, por tanto, un «vínculo profundo entre justicia y caridad», «porque en la plenitud de la caridad la justicia encuentra su cumplimiento más auténtico».

Allí donde no hay verdadera justicia, tampoco puede existir un derecho auténtico, ya que el derecho mismo nace del reconocimiento de la verdad del ser y de la dignidad de cada persona. La justicia, así concebida, es la virtud cardinal que nos llama «a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad hacia las personas y el bien común».

Equilibrio y fidelidad a la verdad

Si «las relaciones se ordenan según la verdad, se hace posible esa comunión que es el fruto más elevado del amor», concluye el Pontífice, quien ve que en esa dirección se abre «el camino hacia la caridad». Por lo tanto, «la restauración de la justicia» es «condición para el advenimiento de la caridad», la cual «es don del Espíritu» y «principio de unidad en la Iglesia». Por eso el amor y la verdad «no pueden separarse», subraya León, «solo amando se conoce la verdad, y el amor a la verdad lleva a descubrir la caridad como su plenitud».

La justicia, cuando se ejerce con equilibrio y fidelidad a la verdad, se convierte en uno de los factores más sólidos de unidad en la comunidad. No divide, sino que fortalece los lazos que unen a las personas y contribuye a edificar esa confianza recíproca que hace posible la convivencia ordenada.

Aplicar el derecho con rectitud y espíritu eclesial

Por último, el Papa resume en pocas palabras los frutos de la justicia «ejercida con integridad y fidelidad a la verdad»: si genera «estabilidad», «confianza dentro de la sociedad» y «unidad». De ahí la invitación a los miembros de la Autoridad judicial del Estado de la Ciudad del Vaticano a desempeñar su servicio «con integridad, prudencia y espíritu evangélico» y el deseo de que «la justicia esté siempre iluminada por la verdad y acompañada de misericordia, pues ambas encuentran su plenitud en Cristo».

Así, el derecho, aplicado con rectitud y espíritu eclesial, se convierte en un instrumento valioso para edificar la comunión y fortalecer la unidad del Pueblo de Dios.

¿Los cristianos que tienen responsabilidad en las guerras hacen examen de conciencia?

¿Los cristianos que tienen responsabilidad en las guerras hacen examen de conciencia?

León XIV recibe a los participantes del 37º Curso sobre el Fuero Interno de la Penitenciaría Apostólica y recuerda que el perdón de los pecados fomenta la paz y la unidad en la familia humana, y que solo quien se reconcilia con Dios, la Iglesia y consigo mismo “es capaz de vivir de modo desarmado y desarmante”. Sin embargo, señala que el Sacramento de la Reconciliación es un tesoro de misericordia a menudo desaprovechado por los cristianos.

Alessandro Di Bussolo – Ciudad del Vaticano

Para el Papa León XIV, el Sacramento de la Reconciliación restablece la unidad con Dios, la Iglesia y uno mismo, fomentando así la paz y la unidad en la familia humana.

“Cabe preguntarse: ¿Los cristianos que tienen una grave responsabilidad en conflictos armados tienen la humildad y el valor de realizar un examen de conciencia serio y confesarse?”.

Solo quien se ha reconciliado vive con humildad y sencillez

El Papa se hizo esta pregunta esta mañana, 13 de marzo, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, al recibir a los 400 participantes del 37º Curso del Fuero Interno de la Penitenciaría Apostólica. Recordó que este «dinamismo de unidad» que se encuentra en la confesión «es un requisito indispensable para la paz entre las personas y los pueblos».

“¡Solo una persona reconciliada es capaz de vivir con humildad y sencillez! Quienes dejan a un lado las armas del orgullo y se dejan renovar continuamente por el perdón de Dios se convierten en agentes de reconciliación en su vida diaria. En ellos se cumplen las palabras atribuidas a San Francisco de Asís: «Señor, hazme un instrumento de tu paz»”.

El Papa y el cardenal Angelo De Donatis

El Papa y el cardenal Angelo De Donatis   (@VATICAN MEDIA)

Cristianos que no utilizan el Sacramento de la Reconciliación

Por esta razón, León XIV exhorta a la Penitenciaría, encabezada por el Penitenciario Mayor, cardenal De Donatis, y el Regente, monseñor Nykiel, a continuar con la formación de confesores, para que el Sacramento de la Reconciliación sea cada vez más comprendido, celebrado adecuadamente y, por lo tanto, experimentado con serenidad y eficacia por todo el pueblo santo de Dios. Subraya que, lamentablemente, los bautizados no lo utilizan con facilidad, a pesar de que la Iglesia ha ampliado progresivamente la posibilidad de su celebración.

“Es como si el tesoro infinito de la misericordia de la Iglesia permaneciera «sin utilizar», debido a una distracción generalizada entre los cristianos que, con frecuencia, permanecen en estado de pecado durante largos períodos, en lugar de acercarse al confesionario, con sencillez de fe y de corazón, para recibir el don del Señor Resucitado”.

Confesarse al menos una vez al año

El Pontífice recuerda que el Cuarto Concilio de Letrán, en 1215, estableció que todo cristiano está obligado a confesarse sacramentalmente al menos una vez al año, y el Catecismo de la Iglesia Católica, tras el Concilio Vaticano II, confirmó esta norma. Subraya, citando a San Agustín, que «reconocer nuestros pecados, especialmente en este tiempo de Cuaresma», significa «estar en armonía» con Dios, unirnos a Él.

Un momento de la audiencia

Un momento de la audiencia   (@VATICAN MEDIA)

Un sacramento que es un «laboratorio de unidad»

El sacramento de la Reconciliación, continúa el Papa León XIV, es, por lo tanto, un «laboratorio de unidad»: restablece la unidad con Dios, «mediante el perdón de los pecados y la infusión de la gracia santificante». Y esto «genera la unidad interior de la persona y la unidad con la Iglesia». Subraya que el pecado rompe la «unidad espiritual con Dios».

“Es un alejamiento de Él, y esta dramática posibilidad es tan real como el don de la libertad que Dios mismo ha concedido a los seres humanos. Negar la posibilidad de que el pecado rompa verdaderamente la unidad con Dios es, en realidad, una falta de respeto a la dignidad del hombre, quien es —y sigue siendo— libre y, por lo tanto, responsable de sus propios actos”.

Los muchos sacerdotes que se hicieron santos en el confesionario

A los jóvenes sacerdotes y seminaristas que esperan la ordenación, estudiantes del Curso, el Papa nos recuerda que «Toda la vida de un sacerdote puede realizarse plenamente celebrando este Sacramento con asiduidad y fidelidad». Y los muchos sacerdotes que se han convertido en santos en el confesionario, desde San Juan Vianney hasta San Leopoldo Mandić y, más recientemente, San Pío de Pietrelcina y el Beato Miguel Sopoćko.

La reconciliación es también la unidad restaurada con la Iglesia

Finalmente, León XIV subraya que la unidad restaurada con Dios mediante la confesión es también la unidad con la Iglesia, que se enriquece con la renovada santidad de sus hijos arrepentidos y perdonados.

“En el confesionario, queridos hermanos, colaboramos en la continua edificación de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica; y al hacerlo, también damos nueva energía a la sociedad y al mundo”.

Foto conclusiva de la audiencia

Foto conclusiva de la audiencia   (@Vatican Media)

En el confesionario, respuestas a preguntas existenciales para los jóvenes

Y concluye aclarando que la unidad con Dios y con la Iglesia es el requisito indispensable para la unidad interior de las personas, tan necesaria hoy, en este tiempo de fragmentación que nos ha tocado vivir. Una unidad interior que es un anhelo real, especialmente en las nuevas generaciones.

“Las promesas incumplidas del consumismo desenfrenado y la frustrante experiencia de una libertad separada de la verdad pueden, por la misericordia divina, transformarse en oportunidades para la evangelización: al sacar a la luz la sensación de imperfección, despiertan aquellas preguntas existenciales a las que solo Cristo responde plenamente”.

Dios, concluye el Pontífice, se hizo hombre para salvarnos, «y lo hace también educando nuestro sentido religioso, nuestra búsqueda incontenible de la verdad y del amo

Gestación subrogada: La Santa Sede insta a la ONU a proteger a las mujeres y a los niños

Gestación subrogada: La Santa Sede insta a la ONU a proteger a las mujeres y a los niños

Una nota de la Misión Permanente recuerda los riesgos asociados a una explotación en la que “la tecnología y la práctica han superado con creces la ley y la ética”: una vida nunca puede ser un “producto”, ante todo viene el “respeto a la dignidad y los derechos”.

Vatican News

Combatir la violencia y la explotación relacionadas con la gestación subrogada y fortalecer la protección de la dignidad de las mujeres y los niños. Este es el mensaje central de una declaración de la Misión Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, publicada durante un evento paralelo de la 70.ª Comisión sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, dedicada al tema «Proteger a las mujeres y los niños: Combatir la violencia y la explotación en la gestación subrogada».

Un debate sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer.

El documento comienza expresando su agradecimiento a los socios de la iniciativa —el gobierno italiano, Turquía y Paraguay— y llama la atención sobre un tema considerado “urgente”, en el que “la tecnología y la práctica han superado con creces la ley y la ética”. Si bien reconoce que muchos consideran la gestación subrogada “una solución compasiva para quienes desean ser padres”, la declaración subraya que “debe tenerse en cuenta todo el contexto” para evaluar si esta práctica es compatible con “el respeto a la dignidad y los derechos de las mujeres y los niños”.

Presiones económicas y riesgo de explotación

Entre los elementos resaltados se encuentra la dimensión económica del fenómeno. Muchas mujeres que aceptan ser madres subrogadas citan la “necesidad económica como la razón principal” de su elección. No es casualidad, se señala, que sean frecuentes las historias de “personas ricas y famosas que recurren a la gestación subrogada”, mientras que las de “mujeres adineradas que se ofrecen como madres subrogadas” son raras.

La demanda de niños nacidos mediante esta práctica, continúa el documento, “ya supera la oferta”, mientras que medidas como la “protección social, la educación y las oportunidades económicas” —que podrían reducir el riesgo de explotación— probablemente disuadirían a muchas mujeres de participar en tales acuerdos. De ahí la pregunta planteada en el documento: “¿podría sobrevivir la industria de la gestación subrogada si se erradicara la pobreza?”.

La nota también señala que, donde se permiten los acuerdos comerciales, las posibles madres subrogadas pueden verse atrapadas en una “competencia perversa por los padres que las contratan”. Incluso en países donde la gestación subrogada comercial está prohibida, se observa que la compensación económica o los supuestos “regalos” a veces pueden ocultar pagos. En algunos casos, añade el texto, las mujeres que no desean participar en estos acuerdos pueden ser “presionadas o incluso coaccionadas” por miembros de la familia, mientras que las que viven en la pobreza difícilmente pueden permitirse “asesoramiento legal o médico independiente”.

Derechos de los niños

La nota también cita varios casos específicos en los que se encontraron “más de una docena de niños” al cuidado de niñeras en casas alquiladas, mientras que los padres que los habían contratado seguían recurriendo a nuevas madres subrogadas. Además, señala que la mercantilización de los niños puede estar ligada a los prejuicios, por ejemplo, en el caso de los diagnósticos prenatales de discapacidades, cuando el niño corre el riesgo de ser considerado “un ‘producto’ defectuoso o un problema que hay que resolver”, en lugar de “un regalo que debe ser recibido y apreciado”.

Esta actitud, continúa el texto, entra en conflicto con una sociedad justa en la que los niños puedan crecer y desarrollarse. De hecho, los niños tienen derechos e intereses que deben ser respetados, empezando por el “derecho moral a ser concebidos en un acto de amor”. Según la Convención sobre los Derechos del Niño —”el instrumento de derechos humanos más ratificado”—, los niños también tienen “derecho a conocer a sus padres y a ser cuidados por ellos”. El hecho de que este derecho no siempre pueda hacerse efectivo, señala, “no debe utilizarse para justificar una práctica que lo vulnere deliberadamente”.

La posición de la Santa Sede

Si bien reconoce «el deseo real y comprensible de tener hijos», la declaración considera que estos problemas no pueden resolverse simplemente mediante la regulación. En este sentido, celebra la decisión de la Conferencia de La Haya de Derecho Internacional Privado de no continuar, al menos por el momento, con la elaboración de un convenio sobre la filiación jurídica en casos de gestación subrogada.

Finalmente, el documento hace referencia al pasaje en el que el Papa León XIV reitera que «al transformar la gestación en un servicio negociable, [la gestación subrogada] viola la dignidad tanto del niño, reducido a un “producto”, como de la madre, explotando su cuerpo y el proceso procreativo, y distorsionando la vocación relacional original de la familia». El Papa Francisco, también citado en el documento, ya había afirmado que «un niño es siempre un don y nunca objeto de un contrato comercial».

En vista de estas consideraciones, la Misión Permanente de la Santa Sede espera que el debate iniciado en el seno de la Comisión pueda fomentar la adopción de nuevas medidas “para poner fin a esta práctica en todas sus formas y a todos los niveles”, con el objetivo de proteger a las mujeres y a los niños “de la explotación y la violencia”.

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