la obra es de Dios, no nuestra.
A veces en el camino del servicio podemos olvidar algo esencial: la obra es de Dios, no nuestra.
Nos toca predicar, servir, organizar, ayudar, construir proyectos, acompañar personas. Y con el tiempo puede aparecer una tentación muy sutil: creer que todo depende de nosotros. Creer que si nosotros no estamos, nada se mueve.
Pero el Evangelio es claro. El protagonista siempre es Jesús.
Nosotros somos colaboradores. Instrumentos. Servidores.
San Pablo lo explicó con una sencillez impresionante:
“Yo planté, Apolo regó, pero Dios dio el crecimiento” (1 Corintios 3,6).
Ahí está la clave del equilibrio espiritual.
Servimos con pasión.
Trabajamos con entrega.
Nos comprometemos con todo el corazón.
Pero nunca olvidamos algo fundamental: el dueño de la obra es Dios.
Cuando una persona olvida esto, el servicio se vuelve pesado. Aparecen el orgullo, el cansancio, la frustración, la comparación, el querer controlar todo.
En cambio, cuando recordamos que somos colaboradores, llega la paz.
Porque entendemos que Dios puede actuar con nosotros… pero también sin nosotros. Y eso no nos hace menos importantes, nos hace más libres.
Ser colaborador de Dios es un privilegio inmenso. El Creador del universo decide contar con nuestras manos, nuestra voz y nuestro tiempo. Pero siempre debemos recordar el orden correcto:
Cristo es la cabeza.
Cristo es el centro.
Cristo es el que transforma los corazones.
Nosotros solo acercamos a las personas al encuentro con Él.
Y cuando esto está claro, desaparece la competencia espiritual. Nadie busca protagonismo. Nadie necesita reconocimiento. El verdadero servidor solo quiere una cosa: que Jesús sea conocido, amado y seguido.
Al final, el verdadero discípulo sabe retirarse un paso para que Cristo avance.
Como decía San Juan Bautista con una humildad enorme:
“Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Juan 3,30).
Cuando esa frase se vuelve vida, el servicio deja de ser ego y se convierte en misión.
Porque quien entiende que es colaborador de Dios descubre algo hermoso:
no necesita ser el centro… cuando Cristo ya lo es todo.

